miércoles, 23 de septiembre de 2009

¿Cómo se viste el arte?

Vengo de dar una vuelta por las diversas páginas que hablan de la última pasarela "Cibeles Madrid Fashion Week 2009" y si se trata de hablar de ropa y arte, esta es la manera de entrar en sus museos. No se cuelgan en paredes, ni necesitan una humedad y temperatura controlada, pero si que se cuida su puesta en escena, la iluminación, los maquillajes, las telas, los colores... y entre tanto tacón, famoso que da un garbeo por las primeras filas y que busca a través de sus representantes los mejores sitios, para ser más visto que ver, nos enseñan las creaciones que saldrán a la calle el verano 2010.


Como todo arte cada uno de los diseñadores tiene su propia caracteristica y aunque encuadrados en una misma época procuran poner sus detalles para que viendo una prenda, las expertas, puedan reconocer sin dudarlo un momento a cual de ellos pertenece. Quien no identifica los colores, tulipanes y flores de la Sr. Aghata, los volantes de los sevillanos Vittorio y Lucchino, la sobriedad en las formas y las tonalidades entre verdes y marrones de Jesús del Pozo, el negro imprescindible de Davidelfín, los ingenios de Guillermina Baeza para un día de playa...


Pero ¿cómo se viste el arte? . Ante todo, como "buen" arte, con dinero. Cualquiera de los modelos que han desfilado y que después retocarán los modistos en sus atelier hasta hacerlos "vestibles" por el público de a pie, se lucirán en extrenos, fiestas que son carne del Hola y todos los saraos que se precien de ser retratados por las revistas del coure en los, ya más que conocidos, fotocool.




E igual que podemos soñar con colgar un Bouguereau en el salón de casa, soñemos con ponernos, por ejemplo, un Raúl del Pozo. Y como sueño lo más seguro es que sea díficil de realizar, así que me quedo con mi puzzle de 3000 piezas en el salón y mis modelitos de tienda de barrio.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Cargador en "on"

A los compases del piano de Billy Evans intento ponerme las pilas otra vez y llevando un poco la contraria, como siempre, a mi amigo trebedero, este sol escondidillo, la lluvia, el frío y todo lo que conlleva el fin del verano, ha debido de encender en alguna parte, como en la pantallita del móvil, "cargando batería". Ya me iba haciendo falta.




Terminé con un poema y con otro empiezo. De Carlos Marzal:

La lluvia en Regents Park

Debe de estar lloviendo en Regent's Park.
Y una suave neblina hará que se extravíe
la hierba en el perfil del horizonte,
los robles a lo lejos, las flores, los arriates.
Pausada, compasiva, descenderá la lluvia
hoy sobre el corazón de la ciudad,
su angustia, su estruendo,
sobre el mínimo infierno inabarcable
de cada pobre diablo.
Igual que aquella tarde en la que fui feliz,
igual que aquella lluvia
que me purificó, caritativa.

En las horas peores,
cuando el desierto avanza,
y no hay robles, ni hay hierba, cuando pienso
que no saldré jamás del laberinto,
y siento el alma sucia,
y el cuerpo, que se arrastra,
cobarde, entre la biografía,
la lluvia, en el recuerdo, me limpia, me acaricia,
me vuelve a hacer aún digno,
aún merecedor
de algún día de gloria de la vida.
La amable, la misericordiosa,
la dulce lluvia inglesa.

De "Los países nocturnos" 1996

jueves, 13 de agosto de 2009

Cuarenta...

...los ladrones de Ali Babá, los principales y cuarenta los que acumulo a partir de hoy. Todo el mundo dice que me acecha la crisis espero saber torearla, si miro alrededor no hay nada que me falte o me sobre de ayer a hoy.

Si os dais una vuelta por aquí hoy os dejo el café y la tarta, por un día tomadlo a mi salud.




Y un pequeño poema de Luis García Montero, un auto-regalo.

El bar de siempre

Ocurre pocas veces,
apenas en la noche del eco tormentoso
o en el amanecer de luz dañada
como en la oscuridad
y más nocturna.

El humo de mis huellas
se apodera del tiempo, de mi tiempo
envuelve las arañas melancólicas
de los ojos cansados,
sube por las paredes de un sueño mal vivido,
y se llena de voces,
de sillas descoladas y melodías sucias
igual que ceniceros,
igual que un pasadizo
a medio consumir,
hasta que mi conciencia
consigue recordarme
un invierno de nubes primitivas,
como si fuera el bar de siempre.

Por detrás de la barra,
los camareros juegan a las sombras.

De todos los lugares del pasado
la memoria prefiere,
en ese amanecer o en esa noche,
el rincón donde viven
los antiguos, inútiles futuros,
y me levanto de la mesa
de los buenos amigos
para abrazarme a lo que ya no existe,
para darle la mano a los remordimientos,
para cruzar por las conversaciones
donde se habla de mí,
de la parte más negra del infierno que soy,
de las mentiras de mi nombre,
de mi violencia
y mis asesinatos.

Cuando llego a la barra,
después de haber surgido del recuerdo
como puede surgir una serpiente
por la historia vacía de su piel,
alguien cambia de música,
una canción de amor,
y la mujer que sabe de la niebla
me descubre las turbias hazañas de mi vida,
sin esfuerzo ninguno
para ser convincente.

Pero no le hace falta. Igual que a los demás,
ha venido a creérmela,
y le digo que sí, que estaba yo también
en el lugar del crimen, de mi crimen,
justo detrás de ella.
Pude ver con mis ojos
las heridas firmadas por mi mano.

Ocurre pocas veces.
Son ojos más nocturnos que la noche.

La verdad es que suelo
abrir las ventanas
para que corra el aire,
y persigo la luz, cuando ella puede
tener de hospitalario,
y más que mis certezas
valoro un contrapunto de nostalgia,
esa debilidad del corazón
que confía en nosotros

Una rosa debajo de la almohada.